
Cartografía del Laberinto.
Las políticas penal y disciplinaria del Estado cubano --durante las últimas cinco décadas-- han estado variando la localización del listón legalista (arriba/abajo) que ha adoptado aquéllas de forma cíclica, intempestiva y reactiva. Dentro de ciertos límites, no están hoy capacitados los juristas cubanos –¿por falta de sentido político y/o cultura general entre los mismos?-- para sostener/actualizar la legalidad sin alterar la textualidad legislada de la misma. La adopción de pocas estratagemas para la “adecuación” de aquélla –como la escasa entidad, la potestad discrecional, la analogía jurídica, etcétera-- hacen un repertorio limitado del cual disponen los abogados del régimen. Ahora bien, lejos de estas técnicas jurídicas el resto del ejercicio de “ajuste” lo completa el sentido común de jueces y fiscales. Desde luego, éstos no podrían considerar los aspectos ideológico-culturales que participan de los mecanismos de regulación no-jurídica de la sociedad.
¿Esto podría explicar además el porqué los estudios jurídicos son despolitizados hoy mientras es sobrepolitizada la práctica judicial en Cuba? Sí y no. En tal sentido el delito de receptación –por ejemplo-- podría ser aplicado al 80% de la población cubana ahora mismo. Pero esta política crearía una situación adversa que dejaría sin legitimidad alguna al régimen “socialista” cubano en apenas una semana. (Convertiría al legislador en proscrito.) Esto no significa que esté dispuesto el régimen a renunciar a aquella ideología oficiosa que intenta criminalizar a amplios sectores de la sociedad. La política de culpabilidad que asegura la gobernabilidad del modelo estatista –modelo cuya contingentividad crece a saltos-- resulta la confesión de la incongruencia entre el legalismo y la revolución. Esto lo hace violento por sí mismo.
La crítica metafísica de la violencia política, por otra parte, nos presenta un laberinto de conductas perversas que se reproducen en el tiempo por sí mismas. Causas y efectos se van confundiendo en un continuo casi infinito. Nunca se hallaría allí cómo interrumpir la cadena de agresiones. Sucede que mezclamos: poder y violencia –según Hannah Arendt --. (En tal sentido la autora distingue entre las categorías de poder, potencia, fuerza, autoridad y violencia.) La retórica legalista en Cuba oculta estas verdades políticas. Compromete ella misma un momento crítico en la actualización de la sociedad política: la relación analéptica entre legalidad/legitimidad que la justifica y hace sostenible en el tiempo. (Arendt lo dirá así: “La violencia siempre será justificable pero nunca será legítima” .) El desafío que significa echar adelante las reformas actuales en Cuba, por ejemplo, exige buscar la legitimación de éstas en la historia. [Historia de medio siglo que será argumentada con el diferendo Cuba/Estados Unidos. Esto es, insisten en dar continuidad al régimen actual recurriendo al pasado inmediato de las luchas políticas (antimperialistas) de los patriotas cubanos.] Ocurrió tal cosa en 1968. Lo que no podría ser legitimado con el pasado --sino hacia el futuro-- sería la violencia que implican tales cambios. En otros ensayos he sometido a crítica el sentido sacrifical que adoptan las ciencias sociales al “legitimar” los costos sociales que dichos cambios políticos les exigen a la sociedad.
Ahora bien, ¿cuáles motivos podrían hallar estas reformas que autoricen la adopción de métodos autoritarios para la ejecución de las mismas? La táctica política que emplea la dirección de la Revolución cubana consiste en reducir la confrontación directa de fuerzas al interior del país. Mientras tanto, intenta aquélla ganar tiempo con la realización de ciertos programas sociales que superen la precariedad hoy existente en Cuba –restando así ventaja a la oposición--, para después modificar la correlación de fuerzas políticas. La cantidad de artimañas que son necesarias para impedir el debate soberano de temas públicos, hacen del comando político de la Revolución cubana una estación de policías. En medio del conflicto entre las huestes de Raúl Castro y los lebreles del status quo, que sucede en la actualidad y logra tensionar al país, estimula a sectores “fundamentalistas” del bando rojo (raulistas). Las metas políticas que plantea tal comando no podrían ser suficientes para autorizar el empleo de métodos autoritarios, como aquellos que obstruyen hoy la articulación por consenso de un proyecto de nueva sociedad. Ante todo porque el rehacer los viejos entramados sociales –un fruto de la situación límite de los 90s-- exigiría un proceso de “negociación” hacia el interior de la sociedad (altísima complejidad mediante) para ser enfrentado con métodos administrativos y policíacos como está sucediendo en la actualidad. Los cambios que deben producirse exigen una mecánica fina dada la singularidad que estos adoptan en los proyectos de vida de la multitud. Ciertamente, frente a tal situación una élite política no podría encontrar salidas óptimas para la totalidad de los cubanos. La reacción se presenta hoy como acciones afirmativas (discretas) de sectores excluidos del proceso de rediseño del espacio político nacional.
Entendamos que tales reformas están siendo conducidas ellas mismas bajo criterios autoritarios que las convierten en actos violentos contra la sociedad en su conjunto. (Sobre todo hablo de aquellas prácticas de exclusión que son adoptadas en medio del proceso de cambios.) Las formas de selectividad que adopta en Cuba la administración de Justicia , por ejemplo, complican la propia conflictividad de lo político. Desde luego, la acción violenta se inicia con la invención del otro: soberanías, políticas de identidad, interlocución, patrones ético-políticos, legalidad, mediaciones, etcétera. [La cuestión está en cuáles representaciones del mundo compartimos todos, y cómo fueron construidas ellas mismas.] El dilema de la violencia epistémica se nos mostrará en el proceso de construcción de subjetividades políticas en la actualidad, en principio, como la reducción de aquellas autonomías sociales que debieran disfrutar los mismos. La cultura popular es un hervidero de lógicas de pensamiento y formas de actuación que no son registradas por la ideología oficial, ante todo, porque son éstas estimadas como “rezagos del pasado” o “carencias ideológicas” que deberán ser superadas en el proceso. Esto le impide al comando de la REVOLUCIÓN hacer la voluntad del pueblo. En tal sentido Patricia Rodas –política hondureña de la izquierda radical -- afirma que el triunfo del socialismo no lo decidirán tanto las ideologías y las estrategias de una vanguardia política, como la agenda y la cadencia que vaya marcando el pueblo llano durante las luchas cotidianas del mismo.
Apenas un albur nos convirtió en el referente de los oprimidos en América Latina en 1959 . En cambio, ahora será el momento de tomar lecciones de la región. Pero no. Pareciera como si los políticos en Cuba habitasen un mundo ascético, desde donde ellos tratan de impostar sus ideales de sociedad en la realidad; sin que, además, les importe los costos sociales y humanos que tamaño absurdo implica para los demás mortales que quedamos así sujetos al libre albedrio de los mismos. Ahora bien, sucede que tanta violencia epistémica está siendo contestada por el pueblo con la desmovilización de las energías colectivas frente a la estrategia de integración que intenta la élite política en cuestión. Esta será la porfiada resistencia que identificó el compañero Raúl Castro en la Asamblea Nacional el pasado 20 de diciembre . Lo que no advierte el líder cubano es que confunde la resistencia pasiva que ofrecen los lebreles del status quo –que califica de “barrera psicológica” por vencer-- con la amplia oposición popular contra la violencia política que implica la imposición de un proyecto (no consensuado aún) de sociedad. Luego, lo más infame de la modernidad se hallará en esta política. ¡Qué digo! Ellos están dispuestos a negar esto. Sienten ellos mismos que son altruista y leales: dado que se ofrecen a la Causa. No son malos, no. Solo que ellos entiendan mal La Cosa.
Estamos en medio de un cambio de aquellos paradigmas que podrían ordenar la vida cotidiana de las sociedades modernas en la actualidad. Pasamos hoy de los proyectos que hacía por “humanizar a la humanidad” a otros que exigen “coexistir en la diferencia” para asegurar la paz social. (Extremos, nomás.) Cambio que entiende al mundo –según Castro-Gómez-- como un juego del lenguaje casi infinito. Evitando así los metarelatos de la modernidad, además, las políticas en la posmodernidad no advierten las macroestructuras que aún lo domeñan. Ciertamente, carece el mundo de visiones de totalidad para seguir adelante. ¿Exigiría revivir esencialismos esta carencia? No, claro está. [Considero que aquello más paradigmático en el pensamiento del compañero Fidel Castro se hallará, ahora mismo, allí donde él reflexiona sobre problemáticas globales sin invocar el tercermundismo del tipo NOAL anterior. Lo que no significa esto que renuncia él a su vocación martiana de hacer causa común con los oprimidos de la tierra. Pensamiento que, sin embargo, toma distancia del espíritu de confrontación que impuso la Guerra Fría. En los análisis de coyuntura del líder cubano, --por ejemplo: caso Obama-- advierto mucho de la realpolitik que ha adoptado en sus aventuras políticas de siempre.] Sin embargo, estos tiempos de sobremodernidad –según Marc Augé --, donde se produce una sobresaturación de sucesos y espacios, --además, donde los referentes se individualizan para llevarnos al colmo--, lo más sabio sería invertir el tablero en vez de cambiar las piezas que estarían en juego . La razón de Estado en Cuba resulta el engendro de una modernidad que muestra su peor talante. Entrar en la sobremodernidad sin haber vivido la posmodernidad es un desafío.
Seamos realistas ahora. La actitud obcecada que mantienen los políticos cubanos resulta la causa principal que justifica la alta violencia social hoy existente en Cuba. “Caminar hacia el futuro, con paso firme y seguro”, --como dijo el compañero Raúl Castro-- parece algo que depende de la prontitud con que nuestros políticos logren aprehender la lógica “sobremoderna” de hacer política. (Nuestros políticos son subdesarrollados, no tercermundistas.) Experiencias que salven a Cuba hay muchísimas en América Latina hoy mismo. Después del estatismo populista vinieron las dictaduras militares. Más tarde hemos visto aparecer el civilismo de las democracias tuteladas y ahora, en pleno siglo XXI, se están articulando nuevos proyectos emancipatorios populares donde se reconfiguran las relaciones entre Estado y sociedad. Aquel estilo civilista (reactivo) de hacer política que adoptaron las fuerzas políticas de izquierda (ahora radicales) en América Latina, durante las décadas de 1980/1990 –entre otros tantos: MAS, Labalás, PT, ¿EZLN?--, básicamente, resultó ser el “retorno” de cierta apología previa de la violencia revolucionaria popular tal como la sostenía Fanon : Es decir, acción rebelde que restituye la justicia. En tal sentido, ¿cuál será la respuesta del comando de la Revolución cubana? Fortalecer la institucionalidad del ancie regime. Es decir, confiar en una eficaz burocracia estatal la administración de los asuntos cotidianos de la sociedad .
Explorar este laberinto nos permite, ante todo, estimar –o advertir-- las nuevas condiciones de posibilidad que asisten al régimen político cubano. Veamos en particular un dilema: ¿Podremos superar el sino hedonista –traído como herencia del Período especial (1997/2001)-- sin que implique esto una apelación a la violencia política? Digámoslo de modo llano: ¿Cómo podría ser corregidas las prácticas elitistas, homofóbicas y racistas que identifican a las actuales estructuras de poder, mientras la propia continuidad de las reformas se fundamentan en principios que resultan antitéticos a aquellos justicieros objetivos, que no devenga en un infinito simulacro político de la “representatividad” de los diversos sectores sociales que integran la sociedad cubana? Los políticos en Cuba no entienden bien la significación de las presiones crecientes de los excluidos. Estas no serán resueltas con retoques al régimen político sin afectar la integridad del mismo. Porque son estas batallas contra la colonialidad del poder que justifica a dichas estructuras políticas. Una batalla que comienza ahora mismo. Luego, no sin razón, esta crítica podría ser entendida como un exceso antiestatista del autor que acaba por descuidar otros aspectos en el continuo: crimen familiar/moralismo/patrón cultural. Ciertamente, estudios de la microfísica de la violencia nos ayudarán al momento de plantearnos acciones correctivas de alta efectividad en el cotidiano de la sociedad. Esto no lo niego, pero… Sucede que hemos olvidado discutir la enfermedad mientras nos hallamos entretenidos en auscultar al enfermo.
Saltando fuera del laberinto nos hallamos frente a la globalización que convierte a aquél en “crucigrama” de revistas para distraernos en el viaje sobresaltado que hacemos hacia un sistema-mundo diferente. (Ellos allá, en la Islita, mientras que afuera: todo va adelante.) Globalización, además, en donde la porosidad de los Estado-nación es altísima. Esto se está dando, advierto, como un largo y denso conflicto entre lo global y lo singular. “El odio de los pueblos no-occidentales no está basado en el hecho que Occidente les robó todo y nunca dio nada de vuelta” –decía al respecto Jean Braudrillard --. Y precisa: “Este odio no fue causado por la expropiación o explotación, sino más bien por la humillación”. Definitivamente, una agresión que doblegaría al subalterno. En un mundo en donde las cadenas de producción de valores se extienden por todo el planeta, nadie notará que está “agregando” él mismo a la plusvalía global que produce el sistema-mundo capitalista. Asimismo, las formas de estratificación internas en las sociedades periféricas oficiarían de agencias mediatizadoras del modelo de dominación mundial. Estamos ante una violencia globalizada de un imperio invisible –según nos advierten en un polémico libro: A. Negri y M. Hart--. ¿Podríamos evitar la violencia de lo global? Sí. Construyendo diques que obstruyan estas cadenas de valores . Ahora bien, la creación de aparatos productivos bajo el principio de la complementaridad podría apenas significar la adopción de cierta modalidad de economías a escala que marcharían con algún retraso tras países semiperiféricos –como lo es Brasil-- sin discutir la condición subalterna en el sistema-mundo emergente. Quedaría esto como advertencia ante el ALBA.
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Estado Burocrático Policial.
I
Civilización y socialismo.
La cuestión de la matriz cultural colonial que justifica a nuestra cultura política –pieza de tres imperios en cinco siglos-- sería un asunto decisivo al considerar de qué socialismo se está hablando en Cuba ahora mismo. La crítica al socialismo del siglo XX –dogmático, economicista, estatista, teleológico, productivista, autoritario, etcétera -- en nada parece haber afectado al régimen político cubano. Después de la caída del Muro de Berlín, la táctica política de aquél se redujo a reclamar toda la compasión mundial ante la injusta agresión de Goliat contra David. Lo cierto es que después de tres décadas en Cuba el déficit civilizatorio era colosal : ecológico, económico y cultural. (Político, en definitiva.) Siempre hubo un bello horizonte Más Allá que demandaba una y otra vez aplazar las carencias del día a día de millones de cubanos. [Carpentier decía: “(…) el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida, en el Reino de este Mundo”.] Pienso que la historia le ha jugado una mala pasada a los líderes cubanos en las últimas cinco décadas. La inercia de un proceso histórico de larga duración siguió empujando por la pendiente hacia abajo a la Revolución cubana para acabar reproduciendo su condición colonial de partida. La matriz cultural empirista se mezcló con la racionalista en algún momento del proceso histórico nacional. Pero esto rindió frutos peores. Los ideales que se resumen en el proyecto socialista en Cuba –tales como: dignidad, bienestar, civismo, etcétera-- forman un amasijo de deseos, ansiedades y sueños retorcidos en una larga historia de desidia, agravios y opresión. El derecho ha hacer sociedad ha sido secuestrado por un Estado burocrático policial que se justifica en un diálogo de sordos. Padecemos un estado de diglosia cultural en Cuba. Debemos de superar la lógica binaria que fractura a la sociedad cubana en realidades inconexas: proyecto y cotidiano. Lo cual no significa que estemos por conciliar los extremos que hoy polarizan a la sociedad hasta constituir un orden absurdo. (Desde luego, un absurdo con historia.) Definitivamente, el desafío mayor para el socialismo en Cuba hoy es cultural.
II
La función policial del Estado.
La teoría del Estado nunca resultó un capítulo fuerte del “marxismo-leninismo” que devino en ideología oficial en Cuba después. Aquella “teoría-ukase” hablaba del Estado en términos de soberanía de elegidos, que sería adoptada como una legalidad que, además, tendría que ser despótica, axiomática y arbitraria. Entonces sucedió que el sujeto político y la soberanía popular en la Constitución (1976) lograron escasa relación con la realidad cotidiana. Un montón de factores se reunieron para asegurar la emergencia del Estado policial en la década de 1970: había cerrado el proceso de proletarización su ciclo histórico a finales de los 60s; luego fueron dadas las condiciones para que el proyecto de industrialización resultase viable a mediano plazo; asimismo, los sectores intelectuales críticos son sometidos por la regimentación de las formas culturales y artísticas que fueron adoptadas; también la relación cosificada entre Estado y sociedad (mercantilización) se extenderá con fuerza y rapidez, etcétera. Insistamos aún más. Simplificada la estructura de la sociedad, forzada por las exigencias del “desarrollo”, carente de una oposición que oxigenara al régimen, reducida por la masificación de la totalidad, entonces, nada impedía que prosperara una entidad que asumiera la “responsabilidad” de mantener bajo controles estrictos a la misma. Entonces no resultó difícil confundir al colonizador con la colonialidad, para tomar al “imperio” después por enemigo de la Nación Cubana. (Porque esta última antes había sido fundida en una consigna con la política: “Patria o Muerte”.) Lo que faltaría acá por considerar sería la violencia que estaría contenida en dicho Estado policial. Sucede que siendo situadas las piezas en el tablero estarían todas condenadas a cumplir las reglas del juego en cuestión. Cuando los sujetos intercambiaron sus papeles (víctimas que devienen primero en victimarios y después nuevamente víctimas, ad infitum), como ocurrió luego, todas sintieron que compartían la misma suerte: sentirse todos atrapados sin escapatoria. El hecho más perverso en esta situación se debe a la existencia de mecanismos de vigilancia que acabaría por enfrentar a todos contra todos .
III
Los métodos oficinescos del Gobierno.
En otros trabajos he trazado el itinerario de la burocracia en Cuba después de 1959, situando esta historia, además, dentro de un proceso de larga duración que integraría a las tres repúblicas cubanas del siglo XX . Los cargos públicos fueron ocupados por sectores de la población de clase media que practicaban un civismo que jamás fue contestatario frente al régimen neocolonial cubano y que, asimismo, resultó funcional a la oligarquía nativa. Mientras dicha clase media, por otra parte, llegaba a compartir con la clase burguesa subalterna en Cuba su “patriotismo” del tipo retórico. Lo que agregó la revolución a esta definición del cuerpo burocrático nacional fue su adscripción a un régimen político que había eliminado antes toda posibilidad de contestación al mismo desde adentro. El poder de emplear, de divertir, de educar, etcétera quedó en manos del Estado . Estrictos controles fueron adoptados por el Estado burocrático policial, donde los expedientes son decisivos: laboral, policíaco, docente, etcétera. Siguiendo las pistas de estos registros se verá cómo se produce cierta inflexión en los años 70s. (Época en donde los carnés, pases, etcétera son llaves de acceso.) Certificados médicos, licencias deportivas, expedientes de jubilación por accidente o enfermedad profesional –por ejemplo-- fueron los subterfugios que justificaron las estrategias subalternas contra la sociedad productivista que se estableció entonces. Quién desee hoy constatar el nivel de conflictividad que vivía la sociedad cubana de las décadas de 1970/1980, podría acudir a las estadísticas judicial, sanitaria y policial del período. Desde luego, quien lo intente hallará mucha dificultad para acceder a la información porque aún la Ley del Secreto Estatal –de aquellos años-- está vigente. La cultura política del cubano da legitimidad al secretismo y practica la autocensura con una naturalidad que motiva el espasmo. Esto ofrece un margen de impunidad al aparato burocrático que humilla los derechos que la Constitución dice reconocer a favor del ciudadano.
IV
Constitución política del socialismo autoritario.
Somos del criterio de que nuestra constitución política es por sí la confesión de toda aquella violencia –física, simbólica y política-- que se hallaría contenida en la sociedad nacional. Durante cuatro décadas no se hallaba formulación alguna del “estado de emergencia” en la Constitución cubana que protegiera al ciudadano contra los excesos del Estado. El texto de la Constitución de 1976, además, tenía un carácter político-programático más que legal-normativo. Era más deber-ser que propiamente ser político (enunciado) de la Nación Cubana. Serviría para bien poco después. Empresas como Pegaso –por ejemplo-- llegaron a fundar empresas mixtas junto al Estado sin que estuvieran previstas estas asociaciones económicas en la Constitución cubana . Asimismo, nadie se cuestionó sobre qué fundamentos legales operaban las empresas que se vieron involucradas en el escándalo de la Causa 1 de 1989. La retórica de la Constitución –¡aún la de 1992!-- deja al derecho ciudadano de participar en el buen gobierno de la economía como colgado del techo. Ésta no hace siquiera alusión a cómo una futura legislación ordinaria podría implementar tales derechos. Queda claro, entonces, que el dirigir la economía es la atribución de elegidos en Cuba. Por otra parte, resulta difícil hallar respuestas que cubran el vacío constitucional que se produce ante la cuestión migratoria en Cuba –sobre todo, externa--. El acto de moverse en la Isla, incluso, puede motivar una acción represiva del Estado contra el migrante que quedaría fuera de la competencia de las autoridades judiciales cubanas. ¿Funciona el derecho de Habeas Corpus en Cuba para aquellos prisioneros ilegales que –contando además con la complicidad de la Fiscalía General-- esperan hasta semanas para ser deportados hacia sus “lugares de origen” por el motivo de hallarse en la Ciudad de La Habana sin estar autorizados por un Gobierno que, para decidir tal asunto, sólo necesita la orden del Consejo de Estado? (Consejo de Estado que no rinde informes a la Asamblea Nacional sobre estos “incidentes” diarios en la capital.) Significa esto un amplísimo margen de impunidad que estaría dejando la “legalidad socialista”: hecho que justificará después la contraviolencia que presenta la sociedad oprimida.
V
Ideología obrerista.
Los años de finales de los 60s fueron decisivos para las tres corrientes de de pensamiento que asistían a los debates de esa época. Podemos hablar de miembros del Directorio o de los guevaristas en dicho proceso. Pero me parece mejor referirme a los pesepistas (PSP ) por cuanto la historia que siguió los colocó en el primer plano de la escena nacional en la década de 1970. El debate de los pesepistas en ese período de radicalización ideológica de la revolución podría resultar una extrapolación de las polémicas que se había estado históricamente dando en la Unión Soviética entre stalinistas y trotskistas. Pero no. Ahora bien, en esta etapa se produce un “purgatorio ideológico” de stalinistas contra trotskistas en Cuba. Significa que la derecha más extremista dentro del PSP (¡oficialmente desactivada!) tomaba la ofensiva. Los errores de idealismo pueden ser atribuidos a los guevaristas que –luego de la muerte de Che Guevara, y frente al reflujo de la ola revolucionaria en la región a finales de los 60s-- hacen una apuesta fallida por empujar la Historia con un golpe de voluntad que hiciera irreversible aquella época heroica. La situación entre los miembros del Directorio es diferente. Estos últimos ajustan su horizonte ideológico a las exigencias que les plantea el juego político de la época, asimismo, dados por su propia condición subalterna en aquel período de la Revolución cubana . Lo que nunca se discutió fue el sectarismo que trajeron los obreristas (derecha pesepista radical), así como la dogmatización del marxismo. (Que había sido convertida ahora en ideología oficial del Estado cubano.). Esta acción de violencia epistémica todavía la estamos pagando en Cuba . ¿Cuánto hay de obrerista en la política cubana hoy mismo? La retórica del PC cubano, ante el dilema de la gobernabilidad dado en los años 90s, nos ofrece una falacia al autotitularse el Partido de la Nación Cubana, cuando en verdad constituye una élite política que ningunea a la militancia del Partido para justificar sus aventuras a costa del sacrificio del pueblo llano que resiste las mismas. Identificar aquellos contenidos regresivos, corrigiéndolos, resultará todo un proyecto de refundación de la sociedad política que debemos cumplir
VI
Realpolitik y revolución.
Ciertamente, ha podido la condición colonial producir ciertos monstruos que estando camuflados acechan a la nación cubana. Por ejemplo, ¿cómo podrían conciliarse el idealismo de la revolución con el pragmatismo de la realpolitik en la realidad cubana? La historia nos demuestra cómo los excesos de idealistas de los líderes políticos les fueron conduciendo de forma reactiva hacia la adopción de actitudes más realistas en lo adelante. Los frenos que habían sido impuestos hacían que la realización de las metas políticas era diferida. (Mientras bajaba el “entusiasmo popular” –diría Che Guevara--.) Entendamos bien la estrategia de politización que han despolitizado a la sociedad cubana en las últimas cinco décadas. Los políticos de la república burguesa en Cuba (1902/1958), –sobre todo durante la etapa populista de la misma-- fueron tendiendo cercas alrededor de la sociedad nacional para colocar a la población fuera de aquellas decisiones políticas que podían verdaderamente afectar las bases del régimen capitalista en Cuba. Desde luego, este modelo no fue construido de una vez y para siempre; ni menos aún resultó ser idéntico a sí mismo en el tiempo. Lo que resulta en verdad interesante sería que aquel régimen político que resultó sustituido por otro que lograba el mismo resultado mientras hacía lo contrario. El nuevo régimen político que se estableció en Cuba --a partir de 1959-- empezó por ofrecer cierta sensación de libertad entre las mayorías excluidas de la sociedad al deshacer las fronteras que obstruían la plena apropiación de la riqueza y disfrute de la dignidad por aquéllos sectores populares oprimidos. Podríamos revelar los tantos demonios que los políticos cubanos han “socializado” entre la población, como método de contención del cambio político, para luego demostrar como son manipulados aquellos estados de incertidumbre que fomentan ellos mismos. (Incertidumbres que son resultado de proyectos festinados, megalómanos y recurrentes de desarrollo nunca cumplidos.) Sigiloso, un policía interno nos taladra la conciencia para advertirnos sobre el peligro que implicaría restar sólo una pieza de la gran maquinaria de poder que funciona en Cuba . Evidentemente el nicho ideológico más importante que se reservan aún los obreristas –insisto-- se hallaría en las escuelas del Partido y las academias militares.
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Gramática de la Libertad.
Nada más bello e inteligente que la confesión hecha por Patricia Rodas ante el pueblo cubano, acerca de la identidad del sujeto político popular en Honduras y los deberes del liderazgo ante una revolución socialista que tenga como protagonista a aquel pueblo llano y heroico. Apenas en semanas se articuló una resistencia popular que pocos concebían algo realizable . Patricias nos hacía saber cómo el equipo del Presidente se distanció del Partido y acudió a las bases humildes del mismo para rescatar la palabra viva de aquellos sujetos subalternos que integran la nación hondureña. Patricia significa entonces: Palabra/vida/pueblo que será articulada en tanto liderazgo/enunciado/revolución y que, asimismo, acabará por realizarse como el acto rebelde/elocutivo/liberador. Acabo de ofrecer un ciclo de encuentros que se dedicaron al estudio de “La identidad del sujeto de la revolución en el audiovisual cubano”. [Quizá pueda esto justificar mi amor platónico por Patricia. Tal vez. Después me pregunto: ¿Cuenta todavía los sentimientos en las luchas sociales?] Los estudios de las prácticas del lenguaje pueden ofrecernos un acertado diagnóstico político de la sociedad real existente. En esta ocasión me refiero al leguaje audiovisual como segunda oralidad: es decir, la Documentalística. En verdad nada resulta más fascinante que visionar los filmes/documentales de Guillén Landrián y Sara Gómez; sobre todo, aquellos que discuten la sociedad cubana de las décadas de 1960/1970. Lo que el equipo del presidente Zelaya constató en las comunidades de base del territorio hondureño, podrían igual los políticos en Cuba hallarlo –con menos combustible y más cultura-- en los diversos materiales fílmicos de Guillén Landrián-Sara Gómez, Santiago Álvarez y los jóvenes realizadores actuales. Pero no. Éstos aún insisten en consultar al pueblo mediante una institucionalidad que a perdido toda eficacia. Para la obtusa gramática de tales políticos la categoría “representatividad” resulta la expresión de la sintaxis burocrática-policial que emplean éstos para “cementar” a la sociedad .
Carecemos de una Historia de la Revolución Cubana después de cinco décadas. Podría el trabajo cinematográfico de Santiago Álvarez –por ejemplo-- suplir esta carencia. Podríamos, además, hallar en el Noticiero ICAIC un valioso testimonio cultural del proceso histórico iniciado en 1959: Por ejemplo, ¿qué imagen aún guardamos en la memoria del movimiento pro derechos civiles en Estados Unidos? Now. Como si fuera ahora mismo, la memoria nos devuelve la fuerza simbólica del speck-drunk de Ángela Davis, aquel bastón de policía que cae con rabia sobre un joven negro tirado en la calle, la banda sonora de aquel documental hecha con música prohibida en Cuba –como la foto del Che por el mundo--, etcétera. Regresar sobre dichos “referentes” sería como lograr la revelación de las verdades contenidas en aquellos imaginarios sociales que ha sostenido en vilo a la multitud en Cuba. Detrás se hallaría el campo semántico de la Revolución cubana. (En tal sentido Che Guevara habló de resemantizar la vida cotidiana de la sociedad: “otorgar a categorías viejas, valores nuevos” .) La relación cosificada entre Estado y sociedad, y el chantaje institucional que implica, estructura toda la significación que produce la ciudadanía. Esta relación es excluyente con relación del sentido de pertinencia que una revolución popular pudiera generar. Desde luego, ordenar un campo semántico dialógico exige la fundación de una sociedad de iguales donde las asimetrías sociales hayan sido resueltas. Entonces la palabra/vida/pueblo no integraría la ecuación subversiva anterior por cuanto habría recuperado ésta su capacidad de nombrar soberanamente la realidad que libremente construye. Cuando cierto personaje cómico --como Mentepollo -- logra molestar al hombre del orden, entonces, resulta que la estrategia de castración lexical que sigue la policía lingüística cubana ha perdido toda legitimidad y eficacia “operativa” en la realidad cotidiana. Frente este poder esquizoide llegará a producir el sujeto subalterno un lenguaje contextual que no necesita de palabras para lograr reconocer esa realidad que construye y practica él mismo.
Pensemos ahora en el lenguaje que ha adoptado la revolución. (Este ha sido el simple lenguaje diario de los hechos.) También acá habrá mucho qué tomar de América Latina. Escribía este ensayo justo cuando recibimos la noticia de que en Venezuela habían fundado un “comercio” donde el cliente declaraba el consumo y pagaba a conciencia su factura. Pienso que resulta el mejor “negocio” que una revolución socialista podría hacer en su historia. Volvamos atrás: El poder de nombrar la realidad que se construye será un derecho soberano que la ideología liberal no incluye en los cuerpos legales que legitima por sí misma. Ejercer tal derecho supone la existencia de una sociedad no mercantil que respalde o justifique al mismo, en principio, dentro de una “legalidad” hecha para la plena liberación de las artes de hacer en la sociedad. Lo cual no sucede en Cuba. La fuente de todo contrasentido se hallaría en un ordenamiento político que facilita el consentimiento del régimen, mientras que obstruye la articulación de aquellos consensos que aseguren la reproducción ampliada del socialismo en Cuba. Estas son políticas que se articulan por adhesión. (Nunca por el activismo de las masas.) Evidentemente, resulta más costoso este modelo de sociedad que el implicado en aquel “comercio” que en Venezuela han fundado. Esto no significa que hayamos olvidado la relativa vigencia del valor de cambio en la transición socialista. En tal sentido, imaginar una sociedad democrática, autogestionaria y libertaria sin reconstruir el campo semántico de la sociedad real existente sería concebir el comunismo tal como lo entendió el bueno de Saint Simon –por ejemplo--: comunismo menos capitalista. Ahora bien, quién use el lenguaje socialista debe de hacerlo dentro del idioma comunista . Porque ¿qué sería el hablar en un idioma y pensar en otro? Fractura, diglosia, paranoia… [Pongamos por caso, el filme de Fernando Pérez: Suite Havana, emplea un lenguaje subalterno que resulta congruente con el idioma libertario adoptado por el mismo.] Cualquiera sea la riqueza lexical o la habilidad sintáctica de que disfrute la sociedad real existente, finalmente, será dentro del campo semántico en donde se construirá el sentido que justifica a las prácticas sociales .
Volteemos ahora la realidad. Estiremos hasta el límite lo político. Entonces, lo mejor que podría hacer un demócrata sería adoptar sólo aquellas políticas que fueran articuladas antes por consenso. Pero éstos serán facturados con medios políticos a fin de cuentas. (En el mundo de la realpolitik esta es lección sabida.) Quien se estime de comunista ha de considerar los diversos niveles de implicación y de participación logrados con el proyecto socialista entre la multitud. Desde esta perspectiva vemos todo. Entonces sí, nuestro dilema sería cómo consensualizar el poder social contenido en la sociedad. Guiados por criterios de implicancia en el proceso político en Cuba, no sería excesivo decir que la revolución no ha podido más que involucrar a las masas por la negatividad que contiene el Proyecto que por la positividad del un mundo nuevo. Desde luego, la retórica oficial se refiere a la ejecución de variados programas de desarrollo, pero sólo como metas colectivas que no superan la lógica del sentirse-bien. Por ejemplo, cada zafra azucarera fue planteada como meta económica por alcanzar, nunca como un desafío a la conciencia de quienes se vieron convocados por la élite política. [Sabemos cuáles fueron los desarrollos de conciencia que obtuvimos con la Emulación Socialista en la práctica corriente de los sindicatos en cinco décadas. Usábamos la retórica de la emulación para movilizar al trabajador, mientras se entendía como competencia --practicando el espíritu capitalista-- aquélla categoría socialista.] El régimen de méritos laborales que implantaron los obreristas en la década de 1970, por ejemplo, definía como arquetipo de “trabajador ejemplar” a aquella persona que se empeñaba en acumulaba créditos laborales en busca de cierta gratificación material y/o moral ¡individual! Ningún otro ejemplo podría argumentar mejor los contrasentidos de un lenguaje socialista que se ubica --digamos semánticamente hablando-- dentro del campo capitalista. Partiendo de este punto todo comienza a dar vueltas en círculo.
Quien ante este dilema haga alguna objeción le decimos que preste atención al discurso oficial que convoca a las masas a alcanzar ciertas metas –sea la tarea que sea-- y que medite sobre los supuestos que sostienen a la misma. Es decir, ¿cuáles límites hallará que impiden realizar dicha tarea? Entonces los déficits de conciencia van a resultar repetidos. Pero la conciencia es acción. En tal sentido, la acción social nos conduce al campo del lenguaje de los cuerpos: modas, rituales, migraciones, fiestas, erótica, etcétera. La condición sobremoderna –según Augé-- implica la saturación de acontecimientos y de espacios, así como la extrema individuación de los referentes. La vida cotidiana en tales condiciones no puede ser realizada con aquellas tecnologías sociales de la modernidad: aparatos jurídico-políticos restrictivos, estrategias de adoctrinamiento de las conciencias, dispositivos ideológico-culturales cuartelaríos, etcétera. Las claves del lenguaje de la libertad en condiciones de sobremodernidad se hallarían en la autonomía de los sujetos sociales plurales. Construir la nueva sociedad que satisfaga estas exigencias supone muchísimo ingenio, porque la vieja sociedad se replica con métodos obsoletos que resultan insuficientes para la realización del proyecto socialista que discutimos en este ensayo. Mucho de estos asuntos ni siquiera han sido planteados y menos se tienen respuestas para todos los desafíos. El siglo XXI será un tiempo de creación heroica –como diría Mariátegui-- para todos aquellos que apostamos por el triunfo de la vida en el planeta. Cuando se regresa sobre las cuestiones que hemos discutido en este trabajo, desde la perspectiva que planteo, la realidad puede parecernos un verdadero infierno. La misión es rescatar los trozos de cristales rotos –como hizo Marx--, rehacer la imagen total del hombre integro, y trepar sobre sus hombros para ver más lejos. Constituye este el principio de todos los empeños que merecen ser realizados.
En este final me ocuparé de la diglosia cultural que nos afecta. El estado de diglosia cultural se expresa como estructura binaria de la economía, como fractura del individuo en el cotidiano y como diálogo de sordos en política. La gente no es hipócrita al adoptar dos caras. La cuestión es que aquéllas se verán obligadas a seguir operando con diversos códigos sociales para solventar la vida cotidiana de la sociedad. El dilema de la identidad será el más difícil. Cualquier enfoque clasista de la política que se adopte quedará distorsionado producto del estado de diglosia. Esto se constata, por ejemplo, viendo aquellas redes de complicidad que serán articuladas en outsider: personas con orígenes clasistas/raciales/sexuales diferentes se congregan para emprender acciones que pudieran negar su condición de partida. Las formas estatistas de “combatir” estas anomias sociales alientan la creación de simulacros políticos que retuercen aún más el estado diglósico de la sociedad. Este último es un producto del Estado burocrático policial que se instituyó en la década de 1970. La ortodoxia nos ofrece un marxismo-leninismo que invisibiliza dicha problemática ahondando la violencia que humilla a la sociedad . Desentenderse de esta situación nos pondría en manos del cinismo institucional que asecha a los destinos de la nación cubana. Superar la fractura que produjo el Estado burocrático policial se convierte en algo decisivo. Desde luego, el carácter contingente del proceso –proceso en donde la dinámica interna (inestable) de inclusión/exclusión hace provisoria toda ubicación de los “cófrades”--, con el tiempo, propicia la existencia de márgenes de resistencia que permiten a algunos la adopción de actitudes críticas que terminan por recuperar la integridad de la condición humana perdida. (El cine cubano es emblemático en esa batalla.) Estas fuerzas sería aliadas de aquellas políticas que apuestan por la fundación de una sociedad de iguales entre cubanos.
Santa Fe, Ciudad de La Habana, Cuba: Primero de enero de 2010.
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Ramón García Guerra: “Sociedad en Transición. Nuevas Subjetividades Sociales”. Ponencia del autor al II Simposio Internacional del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CITMA-Cuba). Publicado en: http: //www.monografías.com, http: //www.cubalibertaria,com, y http: //www.kaosenlared. net.
Advierto un hecho: La antología de poesía africana –oral y escrita-- que ofreció el intelectual cubano: Rogelio Martínez Furé –recientemente-- en el Palacio del Segundo Cabo (Instituto del Libro), –poco tiempo después de la Carta de la Cofradía al director de Granma: Lázaro Barredo, y más tarde, cuando publicó el Nuevo Herald el artículo: “Lideres negros condenan el racismo en Cuba”-- motivó la asistencia de un público negro en su mayoría --según se pudo apreciar en la emisión estelar del NTV cubano .
El margen de impunidad que significa la criminalización de la pobreza por los tribunales cubanos, --al cargar el fiel de la balanza a favor de los delitos de cuello blanco en contra de los “delitos comunes”--, así como las fallas al respecto de la inconsistencia de los criterios de penalización que adoptan los mismos (recurrente contingencia mediante), reducen al mínimo la función educativa que constitucionalmente debería cumplir el aparato judicial cubano.
Santiago Castro-Gómez: “Ciencias sociales, violencia epistémica y el problema de la invención del otro; http: // (¿?)
Sucede que en América Latina, donde son acusados además de neo-populistas aquellos políticos (de izquierda) que participan de la ofensiva de los pueblos en la actualidad, avanza una actualización de la política. Sucede que J.D. Perón, G. Vargas –por ejemplo-- no fueron solamente hábiles y carismáticos líderes políticos que “demagógicamente” apelaron a sectores populares para sustanciar una batalla electorera entre las élites políticas letradas. Cuando las clases medias confiesan su “nostalgia” por tales políticas en América Latina –que no fueron las mismas en todas partes--, después de las trágicas experiencias vividas con las dictaduras en la región, imagino, será porque la sabiduría de estos pueblos ha podido ver menos cáscara y más nueces en aquéllas. Lo que están haciendo las izquierdas radicales entonces es ponerse a la altura de sus pueblos.
Grupo Latinoamericano de Estudios Subalternos: Manifiesto inaugural; en Santiago Gómez-Castro y Eduardo Mendieta (coord.): Teorías sin disciplina. Latinoamericanismo, poscolonialidad y globalización a debate; University of San Francisco, 1998 –págs. 85/100.
Raúl Castro Ruz: Discurso ante la Asamblea Nacional del Poder Popular. Granma: “Es preciso caminar hacia el futuro, con paso firme y seguro, porque sencillamente no tenemos derecho a equivocarnos” –fecha: 21 de diciembre de 2009.
Marc Augé: Los no-lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad; España: Editorial Gedisa S.A., 1992 –versión digital.
Después de todo, los Peones del Ajedrez también son efectivos en tableros de Damas Chinas. Echemos todas las jerarquías fuera del juego: arfiles, “caballos”, torres, damas… reyes. Después de todo, sobre el tablero de Damas Chinas, siendo un juego tan dinámico que demanda piezas más ligeras, nada como un Peón sería lo mejor.
Arendt decía: “En una burocracia completamente desarrollada no hay nadie con quien discutir, a quien presentar agravios o sobre quien pueda ejercerse las presiones del poder. La burocracia es la forma de Gobierno en la que todo el mundo está privado de libertad política, del poder de actuar; porque el dominio de Nadie no es la ausencia de dominio, y donde todos carecen igualmente de poder tenemos una tiranía sin tiranos” --pág. 110, (Ídem. Nota 1).
Específicamente me refiero a la creación de sociedades plurales, equitativas, autocentradas, dialógicas y sostenibles con anclajes suficientes para que la globalización no pueda barrerlas del mundo. En tal sentido ha dicho Santiago Gómez-Castro: “(…) mientras que la modernidad desancla las relaciones sociales de sus contextos tradicionales y las reancla en contextos postradicionales de acción coordinados por el Estado, la globalización desancla las relaciones sociales de sus contextos nacionales y las reancla en ámbitos posmodernos de acción que no son coordinados por ninguna instancia en particular” –texto subrayado por SGC--. Ídem. –ver nota 6
Una crítica de aquella experiencia histórica la ofreció Adolfo Sánchez Vázquez en el artículo: “Ideal socialista y socialismo real”, que se haya incluido en su libro: A tiempo y destiempo; La Habana: Editorial Ciencias Sociales, 2004.
Los datos oficiales (ONE: 1987) hablan de la quiebra ecológica de la sociedad: tierras estériles (75%), deforestación (83%), fondo estatal de viviendas en pésimo estado (64%), etcétera. Estos serían un resultado de las estrategias de desarrollo que adoptada el Gobierno cubano en décadas. La situación de la economía era calamitosa que mereció fuertes correcciones por parte del Estado cubano: exceso de dinero circulando sin respaldo material, condición agro-exportadora de la misma, índices de eficiencia bajísimos, etcétera. El dilema sociocultural se prueba con la emergencia de movimientos artísticos de carácter contracultural que adquiere una relevancia política de valor excepcional en ese período. Existe al respecto una historia: Entre la Expo de Volumen I (1981) y el Castillo de la Real Fuerza (1989). Fenómenos de corrupción obligó al Partido Comunista a iniciar el Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas (1985).
Cuando nadie tiene poder –es decir, cuando se reduce la potencia de cada persona al mínimo--, entonces queda el mismo liberado a su libre albedrío (arbitrariedad). Estaremos así ante una TIRANÍA sin TIRANOS.
Ramón García Guerra: Contra los muros de la noche (libro inédito) –págs. 271--. Selección de textos publicados en la WEB entre octubre de 2007 y diciembre de 2009, que se ocupan de discutir el actual proceso de reformas en Cuba y hace un análisis deconstructivo de la Revolución cubana.
Quizá deba precisar esta oración. “Poder es mando, y mando es dominio” –dice Arendt--. ¿Qué poder? “El poder necesita del número, mientras la violencia se apoya en sus instrumentos, --sigue diciendo Arendt-- no requiere del número. El dominio mayoritario legalmente irrestringido –democracia sin distinción-- puede suprimir los derechos de minorías sin emplear la violencia” (Ídem. Nota 1). El colmo de la violencia será: todos contra uno. La forma extrema de la violencia será: uno contra todos. Ahora bien, el poder más despótico es aquel donde nadie responde por los excesos. En tal sentido, dice Hannah Arendt --mientras discute la situación revolucionaria que se presenta a finales de la década de 1960--: “Es este estado de cosas, que hace imposible la localización de la responsabilidad y la identificación del enemigo, una de las causas más poderosas de la actual y rebelde intranquilidad difundida por todo el mundo, de su cautica naturaleza y de su peligrosa tendencia a escapar a todo control, al enloquecimiento” –pág. 53.
En tal sentido, la inversión extranjera fue particularmente intensa en países del CAME durante la década de 1980. En Cuba esa política fue menos decidida que en aquéllos. No obstante, no existía el marco constitucional para realizar experimentos tales en la economía nacional.
Partido Socialista Popular (PSP). La historia de este partido político convendría hoy repasarla con sumo cuidado. Espero tener el tiempo suficiente en el futuro inmediato para enfrentar este trabajo. No obstante, le dedico un capítulo a la cuestión (“El origen anarquista del marxismo cubano”) en el ensayo: “Democracia, autoritarismo y liberación”, que fuera publicado por Cuba Libertaria en mayo de 2009.
Desde mismo principio de la Revolución cubana, los miembros del “13 de Marzo” fueron acusados de pequeñoburgueses y echados a la hoguera marxista-leninista de la Revolución Socialista Mundial. La dirección del PSP cabildeaba tras las cortinas presionando aquellos líderes moncadistas (M-26/7) que se hallaban al frente de la revolución popular en Cuba. La ideología nacionalista radicalizada del Movimiento “13 de Marzo” fue excomulgada por el internacionalismo proletario que defendían los pesepistas. Esta ofensiva ideológica además, sería asistida por la oportuna colaboración soviética a la joven Revolución cubana. Estábamos ante un nacionalismo sin nacionalistas. Implicó esta situación una perdida de contrapesos al interior del Estado político cubano, dada por aquella alevosa eliminación de los miembros del “13 de Marzo”, que nos entregó en bandeja de plata a la ortodoxia stalinista soviética. Una ortodoxia que, además, conducía hacia el capitalismo a la Unión Soviética –unión de repúblicas que de socialistas y soviéticas tenían bien poco.
Pensemos sólo en aquel síndrome de la perestroika que aún mortifica a la clase política cubana. La prensa nacional se encarga de recordarnos que lo que propicie el descontrol en Cuba tributa a la estrategia del “imperio americano” (solo tenemos uno) al quebrar la unidad “revolucionaria” que asegura la marcha del pueblo cubano junto a su REVOLUCIÓN. Cuando la protesta social se levanta la dirección política de la Revolución cubana llama a la cordura: Primero se resiste a la misma. Después se muestra en todo comprensiva con los sujetos afligidos, (ignorando a los iracundos) mientras elabora una estrategia de contención del malestar popular; sobre todo, con el empleo de métodos profilácticos que le ayudan a ganar tiempo. Finalmente, la situación se restablece para continuar adelante haciendo algunos ajustes en la maquinaria de poder político. Desde luego, pueden ocurrir casos excepcionales que hacen expedito al proceso. La carta de protesta que la Cofradía envió al director de Granma: Lázaro Barredo, haría tambalearse al régimen. Cuando este último vio peligrar el apoyo político del Caucus Negro en Estados Unidos, dado el actual dilema racial en Cuba, entonces, apenas una semana más tarde, los políticos hace una declaración enérgica en el Parlamento cubano sobre el escabroso asunto en cuestión (Granma: 21/12/09).
Frente a las imágenes del pueblo hondureño en apoyo al presidente Zelaya –justo cuando éste sobrevolaba la capital del país--, viendo los rostros en primerísimo plano del pueblo llano, advertí que estaba eclosionando un volcán político. En ocasión de un evento organizado por el Centro Teórico-Cultural Criterios, propuse a editores de la revista Cine Cubano –que se hallaban ocupados en preparar el último número de la revista--, hacer énfasis en lo que estaba sucediendo al interior de la sociedad hondureña más que atender al discurso continental de izquierda que convertía la batalla hondureña en la guerra antiimperialista por hacer irreversibles los cambios revolucionarios actuales en América Latina. En la salida del edificio del ICAIC comenté al viceministro de Cultura Rojas, cómo la sociedad civil en Honduras --que había sido sacada del juego político oficial (adjetivada) desde los Acuerdos de Esquipulas hasta la fecha-- rehacía ahora con extrema celeridad el tejido político de la resistencia popular para enfrentar el golpe de Estado. Sólo con retraso pudo reconocer la Mesa Redonda de la televisión cubana lo que estaba ocurriendo al interior de Honduras.
Confieso mi amor por Patricia. Recuerdo aquel amor adolescente que motivó en mí Mireille Mattieu. El poeta (visual) francés Jean-François Bory escribió un poema --“Experiencia en Inglaterra”-- que dedicó a Patricia. En ese poema el nombre de Patricia se repetirá en tres columnas unas 69 veces. (Échele picante: ¡69!) Esta fue mi lectura del poema de Bory: Experiencia íntima de un francés con una inglesa, bajo la Trinidad (por tanto: divina), que aquel espera se repita. Patricia Rodas, con todo el respeto que merece y superior sentido del humor, le dedico este piropo.
En 2008 un estudiante de Comunicación Social en la Universidad de La Habana, --miembro de la Dirección Nacional de los CDR-- me pedía ayuda ante las exigencias que Machado Ventura les planteaba a los directivos de esta organización de masas previo al Congreso: “Ustedes deben ofrecernos un programa de restructuración del trabajo cederistas en la comunidad”. (En tal sentido la voz popular nos advierte que no debemos pedir peras al olmo.) Cincuenta años después de haberse conformado como organizaciones para-estatales los Comités de Defensa de la Revolución –la más masiva de las organizaciones civiles en Cuba-- no sabe hacer otra cosa que confirmar su misión originaria: vigilar. Vigilar y castigar –diría Foucault--. Podría decir Ventura en cambio: CDR y PNR. Es decir, hoy ni siquiera puede cumplir los CDR su “misión” frente a una sociedad que no conocen en nada.
Específicamente, Che exigía convertir el trabajo-mercancía en trabajo-deber social. Sucede que cuatro décadas después los estudios poscoloniales han definido al trabajo-mercancía entre los atributos que identifican a la civilización capitalista. La creación del campo semántico bignick propició una fecunda apropiación política entre los jóvenes intelectuales europeos de aquellas ideas del Che Guevara: por ejemplo, hablamos acá del situacionismo de Guy Debord. La acción rebelde se vinculó desde entonces a la superación de la lógica cuantitativa del régimen burgués, así como a la re-creación de la condición humana sobre nuevos fundamentos ético-sociales y humanistas en medio de sociedades liberadas de la alienación capitalista.
Personaje de humor con altísimo rating en la televisión cubana, que aparece en el espacio: “Deja que yo te cuente”. Los altos directivos del MINIT llegaron a considerar a los humoristas –incluso, por encima de las drogas-- como el mayor problema que estaban enfrentando en la Ciudad de La Habana (enero, 2008).
Quien pone sus pies en el camino a Roma ya está en Roma –afirma el poeta Raúl Hernández Novas en Animal civil--. Entendía así Che Guevara la cuestión: La batalla por el comunismo debe iniciarse desde la transición al socialismo. Situados en el terreno del nuevo mundo el antiguo nos parece algo indigno. (La indignación es un sentimiento revolucionario –decía Marx--.) Habitando dentro del antiguo régimenhallaremos siempre ocasión favorable para posponer el momento más oportuno de comenzar la revolución.
La visión dogmática que estableció el obrerismo se hallará contenida en ediciones de textos soviéticos que socializaron esa vulgata marxista en Cuba. Difícilmente se podrá encontrar a alguien en Cuba totalmente a salvo de aquella filosofía obrerista. La mayoría de los cubanos admiten la “racionalidad” que se fundamenta en el axioma siguiente: Los cambios en la economía traen aparejados otros cambios en la superestructura de la sociedad como una respuesta más o menos inmediata de esta última. La marcha al revés nunca se realiza. Causa estupor asistir a tamaño absurdo. Este punto débil del marxismo fue advertido a inicios del siglo XX por Max Weber. Weber se refería a “la terrible maraña de influencias recíprocas entre la base material, las formas de organización social y política y el contenido espiritual de las épocas de cultura reformada” –pág. 107--. Max Weber: La ética protestante y el espíritu del capitalismo; Madrid: Alianza Editorial, 2003.

















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