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Cuba: La libertad, el poder y la tiranía

Cuba: La libertad, el poder y la tiranía

“Ningún gobierno tiene derechos. Los tiene, sí, el pueblo, para variarlo cuando él se convierta en medio de ruina en vez de serlo de prosperidad”, afirma Emilio Roig de Leuchsenring.

¿Del tirano? Del tirano

Di todo, ¡di más!; y clava

Con furia de mano esclava

Sobre su oprobio al tirano.

                José Martí.

Ningún gobierno tiene derechos. Los tiene, sí, el pueblo, para variarlo cuando él se convierta en medio de ruina en vez de serlo de prosperidad, escribió Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964) en ‘Tradición antiimperialista de nuestra historia’, Editora Política, La Habana, 1997.

El 23 de agosto de 2005, Eusebio Leal Spengler, historiador de la Ciudad de La Habana, señalóque Roig creía, y así nos lo inculcó, que al futuro solo se puede ir desde el pasado; creía en la necesidad de buscar en lasraíces para hallar explicación”.

Nacido en La Habana el 23 de agosto de 1889, Emilio Roig de Leuchsenring realizó una destacada labor en la investigación histórica y en el periodismo.

En 1905, publicó en el Diario de la Marina su primer artículo, ‘Impresiones de viaje’, bajo el seudónimo de Hermann, cuando aún era un niño.

En 1912, con su artículo ‘¿Se puede vivir en La Habana sin un centavo?’ ganó el primer premio en el concurso de artículos humorísticos convocado por la revista El Fígaro.

En 1916, realizó una vibrante intervención ante la Sociedad de Derecho Internacional, en protesta por la invasión norteamericana a República Dominicana.

En 1917, se graduó de Doctor en Derecho Civil y Notarial, en la Universidad de La Habana.

La firme y vertical posición antiimperialista de Roig de Leuchsenring le mereció el reconocimiento del líder comunista Julio Antonio Mella.

El 18 de marzo de 1923, trece intelectuales reunidos casualmente en la Academia de Ciencias, llevó a cabo un acto de protesta contra el entonces Secretario de Justicia, allí presente, simbolizando así el repudio que la opinión pública hacía de la memorable compra por el Gobierno del Convento de Santa Clara, como imposición gubernamental a la mayoría de los cubanos.

Como el núcleo de los que realizaron la protesta se reunía habitualmente para acopiar datos y libros, con el objetivo de publicar una antología de poetas modernos de Cuba, tuvo lugar el doble vínculo de una colaboración artística y una corresponsabilidad pública y hasta penal. A estos disidentes se les dio el nombre de ‘minoristas’; y fue aumentando su número.

A Emilio Roig de Leuchsenring se le consideraba el jefe del grupo Minorista, integrado entre otros por: Rubén Martínez Villena, Alejo Carpentier, Juan Marinello, María Villar Buceta, Mariblanca Sabas Alomás, Jorge Mañach, Max Henríquez Ureña, José Z. Tallet, Luis Gómez-Wanguemert y Eduardo Abela.

El grupo Minorista realizó protestas contra: el atropello a Nicaragua, la política de Estados Unidos respecto a México, el allanamiento del recinto universitario y el domicilio de Enrique José Varona por las fuerzas de la Policía Nacional.

El grupo Minorista trabajó por: la revisión de los valores falsos y gastados: el arte nuevo en sus diversas manifestaciones; la divulgación en Cuba de las últimas doctrinas, teorías y prácticas artísticas y científicas; la reforma de la enseñanza pública; la autonomía universitaria; la independencia económica de Cuba y contra el imperialismo yanqui; y por la participación efectiva del pueblo en el Gobierno.

La obra de Emilio Roig de Leuchsenring comprende tres vertientes fundamentales: Costumbrista, martiana y antiimperialista.

De José Martí lo estudió todo, aunque con mayor énfasis su niñez, su presencia en España, lo que representa ésta en la vida y comportamiento posterior de nuestro héroe nacional. Seleccionó este tema para su trabajo de ingreso a la Academia Nacional de Historia.

El antiimperialismo de Roig de Leuchsenring se evidencia en sus escritos y se ejemplifica en los estudios realizados sobre la Enmienda Platt, la Guerra Hispano-Cubano-Americana y el intervencionismo. Entre los libros más importantes de Emilio Roig de Leuchsenring, se encuentran:


Historia de la Enmienda Platt. Una interpretación de la realidad cubana (1935).

Cuba no debe su independencia a los Estados Unidos (1950).

Martí­ antiimperialista (1953).

Al revisar su abundante producción periodística en las revistas Carteles, Social, Gráfico y Cuba Contemporánea se está recorriendo la historia de Cuba.

En ‘Por su propio esfuerzo, conquistó el pueblo su independencia’, Editora Política, La Habana, 1996, se puede leer:

En esa lucha bélica se pusieron a prueba, igualmente, virtudes ejemplares del cubano: desinterés, sacrificio, abnegación, heroísmo. Y se vio, como después en el 95, que la mujer, el anciano y el niño, hacían causa común con sus padres, esposos, hermanos e hijos, que peleaban y morían en la manigua insurrecta. Y esa población civil ofrendó también su bienestar y su vida por la causa de todos: por Cuba Libre”.

Aunque en la obra de Roig de Leuchsenring no está explícito el concepto de libertad, el mismo subyace en toda su obra. Por ejemplo, en ‘La Colonia superviva’ (revista Cuba Contemporánea, número144, 1924), Roig de Leuchsenring nos dice:

Porque si la República quiere vivir necesita renovarlo todo, arrasarlo por completo con lo viejo y malo, hombres e instituciones, cambiando normas de vida y normas de moral, leyes con ideas modernas, revolución que debe cintar no con caudillos y soldados, exigen más bien ciudadanos y apóstoles.

Pero ser ciudadano significa poseer una serie de derechos y también una serie de obligaciones sociales. Participar en las decisiones políticas es un derecho y un deber.

Efectivamente, si no se renueva todo, no podremos tener República ni libertades.

El 19 de julio se celebra en Cuba el Día del Historiador, ya que el 19 de julio de 1935 designaron a Emilio Roig de Leuchsenring como Historiador de la Ciudad de La Habana.

A iniciativa suya se creó la Oficina del Historiador de la Ciudad (1936), de cuya organización se hizo cargo y donde permaneció hasta que falleció el 8 de agosto de 1964.

Emilio Roig de Leuchsenring se solidarizó con las luchas de los pueblos de España y Puerto Rico. Fue miembro de la Liga Antifascista, que se pronunciaba a favor de la República en el Estado español.

El 25 de junio de 1940, Roig de Leuchsenring creó la Sociedad Científica de Estudios Históricos, para lo cual agrupó en torno suyo a destacados intelectuales, entre ellos: José Luciano Franco, Juan Marinello, Carlos Rafael Rodríguez, Julio Le Riverend y Antonio Núñez Jiménez.

Al igual que otros niños de la capital, tuve la fortuna de conocer a Emilio Roig de Leuchsenring. La escuela donde cursé la enseñanza primaria, realizaba actividades extracurriculares los sábados: visita a la Casa Natal de José Martí, al Cristo de La Habana, al área deportiva de La Polar, al Parque Zoológico, a la Oficina del Historiador de la Ciudad, etc.

Entre 1956 y 1961 –año en que se nacionalizó la enseñanza- fuimos varias veces a la Oficina del Historiador de la Ciudad. Emilio Roig de Leuchsenring siempre nos atendía con cariño. Se veía que disfrutaba con la presencia de los niños; desgraciadamente, ni mis compañeritos ni yo supimos valorar en ese entonces, la clase de persona que era ese señor que se desvivía por explicarnos detalles de la historia de Cuba, de la cual él había sido un destacado protagonista y uno de sus mejores cronistas.

A todo aquel que iba a la Oficina del Historiador de la Ciudad, Roig de Leuchsenring le obsequiaba ‘Cuadernos de Historia Habanera’ -Roig los publicaba y distribuía gratuitamente desde 1935-, que trataban sobre cuestiones históricas.

Como nos dice Emilio Roig de Leuchsenring: “Amemos la revolución en lo que ésta tiene de elevado y útil, no revolución para derrocar un gobierno malo para poner otro tan malo o peor, no revolución que busca el poder por el poder mismo, no la revolución material sin revolución moral”.

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A continuación puede leer ‘Un hombre contra un pueblo’, de Emilio Roig de Leuchsenring, publicado en la revista Carteles, el 3 de agosto de 1930.

Un hombre contra un pueblo

Emilio Roig de Leuchsenring



Ya lo dijimos hace dos semanas. Cuando un país sufre el desgobierno de un régimen dictatorial, la vida en lo interior y en lo exterior, en lo político y en lo económico y hasta en lo que se refiere a los individuos en particular, nacionales o extranjeros puede sintetizarse en esta frase gráficamente expresiva: un hombre contra un pueblo.

Así es exactamente y en todos los casos y en todas las épocas. En el país sometido al desgobierno de un déspota todo gira en torno a la voluntad y al capricho de éste. Y como siempre el déspota ha buscado y busca y buscará tan sólo el satisfacer su interés o su conveniencia, importándole poco -aunque a diario pregone lo contrario- el bien de su patria y de sus conciudadanos, patria y conciudadanos sufrirán irremisiblemente los trastornos, los males, las dificultades... la calamidad de tan calamitoso régimen.

En artículos recientes vimos como así ha ocurrido en España, la República Dominicana, Haití y Bolivia y cómo después de la caída de Primo, Vázquez, Borno y Siles, se han ido sacando a la vergüenza pública las desvergüenzas de cada uno de esos cuatro hombres providenciales que sufrieron sus pueblos respectivos y de las cuales no ha podido restaurarse ninguno de ellos.

Es la historia eterna de todos los autócratas que en el mundo han sido. Mientras está en el apogeo de su despotismo, el hombre providencial, coreado por su corte de serviles se autobombea como el salvador de su pueblo, al que está regenerando y engrandeciendo, como el más excelso de todos sus gobernantes, llegando a ponderar enfáticamente –todos los dictadores así lo declaran- que su época es la más grande en la historia del país sin términos de comparación con las épocas anteriores y él, el más grande, glorioso, de todos los ciudadanos, en el presente, en el pasado... y en el futuro; pero cuando el dictador cae, ¡cómo salen a relucir inmediatamente las mataduras de su desgobierno, cómo quedan desenmascaradas las mentiras y comprobado hasta la saciedad que durante el régimen despótico la historia del país estaba sintetizada en esta frase nuestra: un hombre contra un pueblo.

Este juicio, como dijimos, puede aplicarse exactamente a todos los dictadores de Europa y América, en repúblicas y monarquías de ayer y de hoy, porque todos los déspotas parecen hechos a medida en el mismo molde y por las mismas manos del más perverso de los dioses, obsesionado en crear únicamente monstruos y lanzarlos de cuando en cuando a la tierra para azote y castigo de los hombres, peores que las epidemias y las plagas, más dañinos que el diluvio bíblico, pues lejos de quedar después ricamente abonado el suelo, en el país donde posa su planta un dictador ni siquiera la mala yerba saldrá en muchos años, porque el dictador todo lo destruye, lo arruina, lo seca, lo aniquila. Un hombre contra un pueblo, esa es la obra de los dictadores.

Todos son iguales, decíamos. Todos constituyen un tipo criminal de caracteres inconfundibles que en todos se presentan casi idénticamente. Vamos a verlo.

En el libro, admirable libro, de Emil Ludwig sobre el Kaiser Guillermo II, hay un capítulo en el que el gran escritor alemán hace un maravilloso retrato del emperador de la mano manca. Pues bien, ese retrato, es el retrato exacto de cualquiera de los dictadores europeos o americanos de los días que corren.

Enseguida lo comprobaremos y suplicamos a los lectores que tengan presente que vamos a transcribir palabras de Ludwig y sobre el Kaiser Guillermo II, no palabras nuestras sobre alguno de los hombres providenciales que aún desgobiernan a varios países del viejo y del nuevo mundo.

Y hasta las frases de Guillermo parecen frases que mil veces hemos leído pronunciadas por el hombre providencial de la República H, o la monarquía Z:

“Yo no conozco más que dos partidos políticos: los que están por mí y los que están contra mí -esa fue la divisa propia de autócrata, de toda su política interior-.

Todo era suyo: los barcos, los soldados, los súbditos, y como suyo de todo disponía a su capricho y le extrañaba y se indignaba cuando alguien, osado, le desobedecía o no quería doblegarse a sus deseos.

Vive ciento veinte años atrasado, y considera a todas esas gentes que quieren ser algo más que súbditos, como dignos de ser fusilados, o mejor aún, colgados.

Todos tienen derecho a exponer libremente su opinión, ¡pero infeliz del que lo haga!

A los obreros, aunque en público les llamaba “mis amados hijos” no comprendía ni admitía que demandaran mejoras, aumento de jornales, y mucho menos que se agremiaran para defenderse y reclamar sus derechos yendo a la huelga. Entonces en privado, se expresaba así de los obreros: Estoy muy satisfecho del comportamiento de la policía. Pero la próxima vez no deben pegar con el plano, sino con el filo de la espada.

Eran rasgos típicos de su carácter los “innumerables caprichos, resentimientos, temores y afectaciones, su cesarismo, ligereza, encanto personal, vivacidad, amabilidad.

Por todo ello muchos lo consideran un anormal o víctima de una enfermedad interna.

Lo autocrático en él aumenta progresivamente día tras día. De cuantos le rodean y le adulan, se expresa en privado en los términos más despectivos, cuando no le sirven inmediatamente, o se equivocan o le causan conflictos o dificultades. Como a muñecos utiliza a sus súbditos, con mayor desprecio cuanto más fama de notables o sabios tengan, recreándose al ver a estos ilustres, postrados a sus plantas, por miedo, por servilismo o por interés.

Tiene fe viva en el absolutismo y en el destino. Se cree elegido por la divinidad para regir y salvar a su pueblo, con misión sagrada que no puede eludir, se juzga continuador y hasta engrandecedor de los fundadores de la patria, cuyos nombres constantemente invoca en sus discursos.

“Su carácter era más voluble que lo que suele ser en ningún hombre... Signos del voluble estado de sus nervios son sus dos ocupaciones favoritas: viajes y discursos. El constante viajar, símbolo del que huye de sí mismo y de un corazón que no ama el silencio, así como el hablar en público, en alguna ocasión, hasta cuatro veces en un día, era medios para calmar sus insaciables nervios”.

Otra de las manifestaciones de su naturaleza era la afición a las zarandajas. Su juguete preferido era el ejército. Le encantaba recibir y dar condecoraciones en ceremonias a las que asistían los cortesanos y en las que solía pronunciar, conmovido, algún discurso de tonos heroicos; o concurría frecuentemente a fiestas o actos militares, que se convertían en paradas teatrales.

“Una forma aún más descarada de su farandulería son los discursos. Todo en ellos era falso: su emoción, sus afirmaciones, sus promesas, sus juramentos, su cacareado patriotismo... porque era, por encima de todo, un gran comediante.

Lo mismo que ve en el ejército apariencia, apostura y uniforme, así ve en todas partes con sus ojos de comediante, las escena que se debe representar.

Sus afectaciones proceden de este afán de teatralidad. No son solo las expresiones de la cara, siempre compuesta y dispuesta para la fotografía, que pasa de la expresión profundamente seria a la risueña, y por última a la francamente alegre, pero sin dejar nunca de ser dominante, sino también otras farsas que resultan casi simbólicas.

El arte de actor, de borrarse a sí mismo para representar a una persona extraña, lo demuestra también el distinto modo de tratar a cada uno, presentándose como obrero entre los obreros, industrial con los industriales, soldado con los soldados... Por eso encanta la primera vez a casi todos... se asimila con la mayor rapidez una noción superficial de cualquier tema, sea el que sea, en tal forma que es capaz de hablar de ella como si él mismo la hubiese descubierto, de esta manera engaña a las personas, que admiran sus conocimientos, su admirable capacidad de trabajo y su fenomenal capacidad de comprensión.

La tercera y más intensa de las formas de su nerviosidad es el miedo, contradicción flagrante con la pose de Atila”.

Sus alardes de valor, de guapería, no son en el fondo sino la manera de disimular el miedo. Ve enemigos que quieren matarlo, en todas partes, y toma para impedirlo mil precauciones, rodeándose constantemente, donde quiera que va, de tropas y policías.

Tenía delirio por codearse con los poderosos del dinero o de la aristocracia y alternar con ellos: “aceptaba regocijado las invitaciones de las gentes ricas”.

La adulación de todos y en todo, es abrumadora.

“De todos los círculos y clases, de todas las regiones, en la alegría y la tristeza, en días de fiesta y en días de trabajo, fueron innumerables las corrientes de adulación de sus súbditos que llegaron hasta él. Ministros y empleados, embajadores y otros representantes diplomáticos, intelectuales, profesores universitarios, periodistas, gente de sociedad, todos le adulan servilmente, hasta lo inconcebible, todos se adelantan a admirar y satisfacer sus deseos, sus caprichos, su voluntad. Como aduladores figuran en los primeros lugares los militares y a su cabeza los generales y jefes, todos estos con su magnífica disculpa: la obediencia, pero la adulación, más allá de la obediencia, llega al rebajamiento”.

En este ambiente de falsedad, de hipocresía, de mentira, hay una gran mentira de fatales consecuencias para el país. Estando todo como está en manos del autócrata: fiebre de trabajo. ¡Mentira! Aunque el autócrata pregone a diario que trabaja incansable tantas horas al día, ¡es mentira, mentira!

“Lo que causa mayor preocupación a todos los que tienen que trabajar con él es que no tiene ninguna gana de trabajar... Distracciones, juegos con el ejército y la marina, viajes, cacería, pescas, son para él lo principal: así es que apenas si le queda tiempo para el trabajo. Lee muy poco, apenas si escribe, y considera como el mejor informe o expresión o memorando el que termina más pronto. Es verdaderamente escandaloso como los informes oficiales engañan al gran público sobre la actividad del autócrata; según ellos está ocupado desde la mañana hasta la noche”.

Nada se estudia y todo se resuelve imprevisoramente, según el capricho o los intereses particulares del autócrata y su camarilla, y en contra, desde luego, del país.

La adulación hace que sus ministros y empleados le oculten las dificultades o males. ¡Así marcha el país! Así puede, del país que sufre un autócrata, un dictador, un déspota, afirmarse, como nosotros hemos hecho, que su historia está sintetizada en esa frase: Un hombre contra un pueblo.

Así le ocurrió a Alemania durante el reinado de Guillermo II. Así les ha ocurrido a todos los países que se han visto desgobernados por un dictador. Así les ocurre a los desgraciados países que aún sufren un régimen dictatorial.

Así ocurre, hasta que el país reacciona y se decide a variar la frase ‘Un hombre contra un pueblo’ por esta otra ‘un pueblo contra un hombre’.

Entonces el hombre que todo lo era, que todo lo podía, se queda solo, abandonado de todos, despreciado por todos.

“Nadie detuvo al Kaiser -dice Luidwig- cuando abandonó el país: éste es el más triste de todos los epílogos”.

Este es el obligado epílogo de todos los dictadores, de los que fueron y de los que aún son.

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